Peripatética, pensaba en el último trabajo de Agorato – los muros de Alcibíades. Las típicas escenas de mal gusto de esa época, en que el vanidoso dueño de casa era adorado por diosas y perseguido por ninfas. René Krauss disfrutaba mucho contando esa historia, repetía exactamente, palabra por palabra, el párrafo de su Vida pública y privada de Sócrates, y le gustaba sobre todo pronunciar la última frase en tono melancólico, amargo: “El viejo y cansado maestro estaba con miedo de que aquel penoso trabajo le impidiera terminar lo que reputaba la obra maestra de su vida: la sombra de una azucena. Sin embargo continuó pintando sus diosas galantes hasta cubrir todos los muros y, en cambio, careció de fuerzas para dar forma a aquella sombra.”
René y yo inventamos en largas conversaciones una historia del arte occidental a partir de la sombra de esa azucena. Un día ya tanto imaginar empezamos a escribirla. Yo estaba en el teclado y René se paseaba por la sala. Se me acercó tropezando antes con una silla, me eché a reír, y no sólo eso, hice comentarios burlones acerca de su permanente torpeza. En medio de la risa toqué por descuido no se qué tecla, resultado – borré todo lo que habíamos escrito. René gritó apuntándome con el dedo: “¡Terrorista, te burlas de un pequeño tropiezo y tú acabas de borrar La Historia del Arte Occidental con un dedo!!!”
lunes
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