lunes
La enamorada
y sus cabellos están en los míos,
Ella tiene la forma de mis manos.
Ella tiene el color de mis ojos,
Ella se hunde en mi sombra
Como una piedra en el cielo.
Ella tiene siempre los ojos abiertos
Y no me deja dormir.
Sus sueños a plena luz
Evaporan los soles,
Pero hacen reír, llorar y reír,
Hablar sin tener nada que decir.
Este pasaje de mi historia quien mejor lo cuenta es Guy de Maupassant, y de ahí su fama. Lo publica por primera vez en el Gil Blas el 30 de enero de 1883, bajo el seudónimo de Maufrigneuse. Y cuidado, que el hecho, aunque vivido, no se puede contar mejor, así que dejo ante los posibles lectores otra de las traducciones, de Auprès d’un mort, la mía.
“Tomé el relevo con un camarada en el silencio de la medianoche, nos sentamos a los pies de la cama, su rostro no había cambiado, ahí estaba su inalterable sonrisa de comisuras cabizbajas. Con dificultad nos hacíamos a la idea de que estuviera muerto, parecía que en cualquier momento abriría los ojos y comenzaría a hablar. Su pensamiento nos envolvía, nos sentíamos más que nunca dentro de la atmósfera de su genio, invadidos y poseídos por él. Su dominio nos parecía incluso mas soberano ahora que estaba muerto. Un misterio se mezclaba al poder de este incomparable espíritu.
“El cuerpo de este tipo de hombres desaparece, pero ellos quedan. Y en la noche que sucede a su muerte, le aseguro señor que se ven espantosos.
“En voz baja, hablamos de él, recordamos sus palabras, sus fórmulas, sus sorprendentes máximas, que parecen destellos entrando en las tinieblas de lo Desconocido.
“–Parece que va a hablar–, dice mi camarada. Y miramos, con una inquietud cercana al miedo, el rostro inmóvil que todavía sonreía.
“Poco a poco nos sentimos incómodos, agobiados, claudicantes. Balbuceé:
“–No sé lo que tengo pero me siento enfermo.
“Y nos dimos cuenta que el cuerpo olía mal.
“Mi compañero me propuso entonces que pasáramos al cuarto contiguo, dejando la puerta abierta; yo acepté.
“Tomé una de las velas que alumbraba en el velador, dejando la segunda, y nos fuimos a sentar a la otra punta de la otra pieza, de modo que pudiéramos ver desde nuestro lugar la cama y el muerto, a plena luz.
“Pero nos seguía abrumando; hubiéramos dicho que su ser inmaterial, desprendido, libre, todopoderoso, dominante, nos rondaba. Y a veces también el olor infame del cuerpo descompuesto, nos llegaba, nos penetraba, repugnante y vago.
“De pronto un escalofrío nos atravesó los huesos. Un ruido, un pequeño ruido que venía de la pieza del muerto. Nuestras miradas se enfilaron hacia él, y hemos visto, sí, señor, hemos visto perfectamente, el uno y el otro, una cosa blanca deslizarse por la cama, caer sobre el suelo, en la alfombra y desaparecer bajo un sillón.
Nos paramos de un salto, locos de un terror estúpido, listos para arrancar. Nos miramos. Estábamos horriblemente pálidos, nuestros corazones latían levantando el género de la camisa. Yo hablé primero.
“ –¿Viste?...
“–Sí, si vi.
“–¿Será que está vivo?
“–¿Qué vamos a hacer?”
“ Mi compañero pronuncia inseguro,:
“–Hay que ir a ver.”
“ Tomé nuestra vela y entré primero, recorriendo con la mirada toda la gran pieza de oscuras esquinas. Nada se movía; me acerqué a la cama. Pero quedé aterrorizado:
Schopenauer ya no sonreía, al contrario, se había apoderado de su cara una morisqueta horrible, la boca hundida, las mejillas profundamente vacías. Tartamudeé:
“–¡No esta muerto!
“ Pero el horrible olor me sofocaba. No me moví más. La mirada fija, asustado como frente a una aparición.
“ Por otro lado mi compañero, tomando la otra vela se agacha. Me toma del brazo sin decir una palabra. Sigo su mirada, y percibo en el suelo, bajo el sillón al lado de la cama, blanqueando en el sombrío tapiz, abiertos como para dar una mascada, los dientes postizos de Schopenahuer.
“El trabajo de descomposición, le aflojó las mandíbulas hasta hacerlos saltar de la boca.
“Yo tuve realmente mucho miedo ese día, señor”
La sombra de una azucena
René y yo inventamos en largas conversaciones una historia del arte occidental a partir de la sombra de esa azucena. Un día ya tanto imaginar empezamos a escribirla. Yo estaba en el teclado y René se paseaba por la sala. Se me acercó tropezando antes con una silla, me eché a reír, y no sólo eso, hice comentarios burlones acerca de su permanente torpeza. En medio de la risa toqué por descuido no se qué tecla, resultado – borré todo lo que habíamos escrito. René gritó apuntándome con el dedo: “¡Terrorista, te burlas de un pequeño tropiezo y tú acabas de borrar La Historia del Arte Occidental con un dedo!!!”
La ortografía de Truffaut

Editando en París un texto de Armando Uribe, sentí nostalgia de un tiempo que no nos tocó vivir, en que la ortografía era un asunto personal. Juan Ramón Jiménez era sólo el caso mas extremo de un fenómeno corriente. Los escritores de entonces no veían a la ortografía como algo dado, y era para ellos una cuestión de honor tomar decisiones en ese terreno. Llegado un original a la imprenta, el corrector de pruebas preguntaba con toda naturalidad: –Con qué ortografía desea que lo corrijamos? –Con la de Bello por favor. –Perfecto.
A los norteamericanos, que consideran a Truffaut el paradigma de todo lo francés, no dejan de provocarles una enorme desazón sus particularidades ortográficas, tantas como películas vio escondido de sus padres en la adolescencia, o preguntas le formuló a Hitchcock. Los mismos que le siguen ciegamente en lo que respecta a cine, estética, gastronomía, literatura etc., en el punto ortográfico sienten la inseguridad de quien sigue al que hace camino al andar. Un tiempo que editaba su crónica en Le Monde terminé conformándome con que usara la misma ortografía cada mes.
miércoles
Estaba conversando con Félix Guattari sobre el poeta chileno Juan Luís Martínez: Coincido absolutamente con el poeta en el estilo de lectura que practicaba, la lectura fragmentaria, teniendo como guía la autosatisfacción. Qué es eso de andar leyendo libros completos?, son pocos los libros que se pueden y se deben leer completos. Por lo demás si uno se decide hacer algo así debería de paso asumir frente a los demás la experiencia y militar como lector de la tal obra que mereció tamaña dedicación. Félix Guattari encontró muy tonto lo que dije, y puso en marcha su natural paranoia a las conversaciones sin sentido, a las «trampas para decir leseras», cosa de la que debe cuidarse un pensamiento tan respetado como el suyo.
En fin, Félix Guattari y Juan Luís Martínez sostuvieron una conversación muy famosa (no carente de tonteras por lo tanto) sobre el devenir de la subjetividad. Entrevista que apareció en un par de lados, uno de ellos un libro editado por un poeta que estaba dejando de ser joven,
Félix Guattari y yo nos reímos y nos quedamos callados. Yo tengo mucho más permiso para jugar que él pero gano menos y la gente me respeta poco. Teníamos ganas de comunicarnos entonces resultó que sentados uno al lado del otro nos sacamos los anteojos y los limpiamos con el borde de la camisa exactamente al mismo tiempo, me miró medio jodido: te burlas de mí, o me sigues ventilando tu libertad de hacer lo que te da la gana?.
martes
Pedi otro té, pensé un poco en el amor griego, en la sabiduria humanista, en el dominio cerrado de la mujer y en Roma, la ciudad eterna. Todo eso de una vez, después pense en mi, sentada como una estúpida aqui. Me pasan cosas modestamente exepcionales.



